La duda es nuestra mercancía

En 1969, un memorándum interno de la industria tabacalera decía que no era necesario contradecir contundentemente la investigación sobre el lazo entre el cigarrillo y el cáncer. Sería suficiente crear la duda en cuanto a su veracidad. Bastaría con decir que hacía falta mas investigación. “La duda es nuestra moneda,”aseveraba el memorándum.

En última instancia, la evidencia fue tan abrumadora que, hoy en día, en todas partes, las cajetillas de cigarros advierten del claro riesgo de cáncer.

En 1977, antes de que se difundiera de otras fuentes que los hidrocarburos estaban generando un calentamiento global, Exxon, la empresa petrolera, realizó un estudio interno, que preveía la necesidad de hacer “algo” al respecto de la emisión de co2, en el transcurso de 10 años.

Cuarenta y cinco años después, todavía hay quien duda del origen humano del calentamiento global actual, que como quiera ha hecho de tres de los últimos cuatro años, los más plagados de eventos climáticos «extremos» desde que se tiene registro.

La definición de extremo es, curiosamente, en términos monetarios. Son aquellos eventos causantes de daños de más de mil millones de dólares: huracanes, tornados, inundaciones, sequías, incendios, etc., que son más severos al haber más calor en la atmósfera.

No es fácil captar que los cambios en el hielo cerca de los polos Norte y Sur, en los últimos años y décadas, representan un cambio de época geológica que cambiará el contorno de los continentes, y hará que algunas ciudades costeras, en sitios como el Golfo de México, tendrán que ser abandonadas. Por una conjunción de circunstancias, Miami es el mejor ejemplo de esto, pero se sigue construyendo y vendiendo bienes raíces allá.

Cuando se habla de cambios geológicos, tendemos a pensar que siempre ocurren en espacios de miles o de millones de años, pero en la química y la física, como en la geología, pueden haber momentos críticos de transición.

Por ejemplo: el agua puede calentarse gradualmente, pero cuando llega a los 100 grados centígrados, repentinamente cambia de estado. Pasa de ser un líquido a ser un vapor.

Acá estamos usando la misma molecula de H2O, que ahora se está derritiendo, para dar un ejemplo, de cómo algo bastante dramático puede suceder en un momento. No sólo rocas, sino también el hielo, acumulado durante millones de años, es parte fundamental y central de la geología del planeta.

Estamos viviendo un momento doblemente singular, no sólo por la medida cualitativa del cambio geológico que se está dando, sino porque no existe la más mínima duda, razonable, de que, por primera vez, éste cambio de época geológica está siendo causado por la especie dominante en el planeta, los humanos.

Tenemos la capacidad de acumular conocimiento y transmitirlo a las siguientes generaciones, para transformar constantemente la tecnología a nuestra disposición; y eso ha sido, hasta ahora, un arma de doble filo.

La ciencia y la tecnología nos ha llevado a un estándar de vida sin precedentes, a una expectativa de vida elevada, pero también a un desquiciamiento global en el que hay un desequilibrio en la naturaleza, así como en nuestras perspectivas.

Tanto en los ricos como en los pobres, parece haber a menudo una mayor urgencia, si no siempre o primordialmente por el planeta, por sus recursos.

Se mezcla la urgencia por sobrevivir en algunos casos, con una especie de avaricia en otros Hay más enojo y posiciones extremas en la demanda de “libertad”, junto con un aumento de enfermedades mentales «de alto funcionamiento» (es decir, que no se notan mucho) cayadas por un estress silencioso prolongado.

Hay una especie de desesperación subconsciente, como si el mundo se fuera a acabar, que dice “sálvese quien pueda”, o de señalamientos demagógicos de culpabilidad por la desigualdad, fáciles pero ineficaces, que no alivian la situación.

Si recobráramos la cordura, quizá no sería necesario todo eso.

Una vista a la Antártica, a pesar de que sus aristas se derriten (de manera imperceptible para quien no hace un estudio comparativo), todavía es como salir de este mundo, a un paraíso—tanto geográfico, como político, como sensorial.

Claro que el clima es inhóspito, pero en el verano austral se pueden observar desde al mar o en la costa, a un grado sobre cero, paisajes encantados de hielo, sobre imponentes montañas que pueden alcanzar los 3,000 metros, estrepitosamente.

Se ve agua límpida, repleta de fauna, que casi se puede tocar: desde múltiples variedades de ballenas y focas, hasta una diversidad de aves, pasando por colonias de decenas de miles de pingüinos hospitalarios, a través de las cuales uno puede caminar y maravillarse plácidamente.

También se puede uno adentrar en lancha en bahías con una multitud de icebergs esculpidos por el viento y el tiempo, sin que haya dos iguales. Son maravillosa exhibición de arte mágico, natural, con sus singulares formas, texturas y reflejos de luz.

Pero estando por ahí, lo que resulta más sorprendente, e inesperado, si uno acostumbra meditar, es que al cerrar los ojos, se entiende de manera diferente lo que es la «conciencia colectiva».

No como la suma de ideas y conceptos prevalecientes en la sociedad, sino una especie de sopa vibratoria, que es la suma de la calidad de las conciencias individuales, de su EEG, con su coherencia o incoherencia, que crea un entorno casi físico y muy palpable.

En la Antártica, esta conciencia colectiva se nota por su ausencia, como si un ruido, que no sabíamos que estaba presente, cesara.

La experiencia es de un estado de conciencia sin límites; no es algo a lo que se trasciende, sino el estado natural de la conciencia volcada hacia sí misma. No parece pesar, sobre esta, nada que le imponga un límite artificial.

Me pregunto si ese estado de conciencia natural, intocado y tangible, fue, en el fondo, lo que dio origen en 1959, a un tratado entre 12 naciones, inclusive las mayores potencias, ratificado por muchas más en el 2009, para posponer cualquier disputa territorial en Antártica.

Distintas naciones estaban afirmando su soberanía sobre diferentes partes de la región, pero se acordó dejar eso a un lado por ahora; y dejar ese continente, tan grande como Europa o Australia, libre de armamento, mientras siga vigente ese tratado. Necesitará ratificarse nuevamente en el 2059, por otro periodo de 50 años, su vigencia acordada.

Es como si la ausencia de una conciencia colectiva alterada, en ese lugar tan remoto, ha propiciado hasta ahora un comportamiento sensato, que no se ve fácilmente en casi ningún otro sitio del mundo.

No me suscribo, personalmente, a teorías catastrofistas para el mundo. No creo que se vaya a acabar, pero sí me pregunto:

¿Qué crisis será necesaria para sacudirnos, a quienes tenemos nuestra supervivencia más o menos asegurada a corto y mediano plazo, de nuestras preocupaciones actuales, muchas veces miopes o triviales; para recobrar el tipo de cordura que resulte en la voluntad política internacional necesaria para preservar todo el planeta, existir y evolucionar como una humanidad más adulta, equilibrada e integrada?

Acá es necesario hacer mención de otro cambio de época que nos ha tocado vivir. Este es en cuanto a la democracia, un período que se inició a principios del siglo XX, cuando comenzó a aplicarse el sufragio universal. Esta época ha enaltecido la democracia a tal grado, que nadie ha querido estar privado del término.

Hasta Corea del Norte lleva “democrática” en el nombre de su “república”. El término se esgrimía como un valor auto-evidente, pero ya no más, como se ve en el país que hasta hace poco era líder, aunque imperfecto, del ideal democrático, los EEUU. Ahora hay una tendencia anti democrática marcada en la mitad de su población. Lo pasmoso es que es autodestructiva.

No sé si hoy se podrían pasar, con facilidad, leyes para el uso obligatorio de cinturones de seguridad en vehículos, si no existieran ya. ¿Atentaría eso contra “la libertad individual?” El valor de un pacto social forjado por la mayoría de votos está siendo menospreciado.

¿Qué tipo de tecnología nos sacará del atolladero geológico y político, y del desquiciamiento mental, en el que estamos; habrá alguna que depure la conciencia colectiva?

¿Será, el restablecimiento del equilibrio en ése ámbito, un paso indispensable para llegar al meollo común de problemas que parecen aislados?

Publicado por Dr. Benjamin Feldman

Mi trabajo y estudio, con el filósofo y científico de la India Maharishi Mahesh Yogi, resultan en una visión moderna pero un tanto inusual o inesperada sobre temas de actualidad; que podría llegar a sugerir nuevas perspectivas de cara al futuro.

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